viernes, 29 de abril de 2016

DE LAS SOLUCIONES MÁS ELEMENTALES

A veces, la solución perfecta es aquella que has dejado de remover y ante la que tienes la suficiente paciencia para dejar que, por decantación, se precipiten al fondo los elementos más pesados.

domingo, 24 de abril de 2016

TARDES DE DOMINGO


"Lo peor de todo es la luz de los domingos por la tarde porque es un momento gozoso, pero solo para lo que me rodea: la gente, el mundo, parece disfrutar de una tarde de luz gloriosa, de buen tiempo y yo, yo lo que quiero es que acabe, que se acabe ya. Entonces me empieza a doler el corazón y quiero que pase el tiempo. Que se haga de noche."
(José Luis Serrano)



Dolían aquellas tardes de domingo, en que las parejas felices llenaban los parques, las calles, los cines y las terrazas mientras yo sólo buscaba huir de la visión de lo que yo no tenía. Esas tardes, en  que las salas de exposiciones cerraban, y las amistades preferían dedicarlas a la familia o a ir preparándose para el inminente inicio de semana, yo iba al encuentro de parajes solitarios donde pasear hasta agotarme y dejar que la visión del paisaje ocupara el lugar de la añoranza.

De domingo era aquella tarde en que volvía de Sevilla terminando aquel libro que comencé leyéndote en voz alta entre las sábanas de aquel hotel junto a la Alameda de Hércules, y que mantuve abrazado cuando lo cerré al llegar a Zaragoza mientras me acercaba a la parada de taxis. Domingo era aquel día que significó el final de aquel tiempo feliz de caramelo que compartimos y, quizás por eso, no noté muchos más cambios después: la distancia era la misma y las tardes de domingo eran igual de tristes y desangeladas.

Ahora, desde que ya no te extraño, las tardes de domingo tienen otra luz pero, hoy, al cerrar con amor un libro recíén leído, me he traído el recuerdo de aquel regreso de Sevilla y no he podido evitar esa lágrima que queda después de exprimir tu recuerdo por última vez.

miércoles, 13 de abril de 2016

RECUERDOS DE SUPERVIVENCIA


Escuchaba aquella canción y, en pleno mes de agosto, me imaginaba bien liada en una manta y saboreando un reconfortante tazón de chocolate. Cuando crees morir de dolor, cuando piensas que ya no hay otra vida más allá del miedo y del maltrato, la mente tiene esos trucos para impostar un sentimiento de calidez y consuelo, para sobrevivir a la depresión y a la condición de muerte en vida.


Recuerdo que, años después y ya comenzada una nueva vida en otro lugar, encontré un sobre de chocolate instantáneo, sin duda el último olvidado de algún paquete comprado para alguna merienda de cumpleaños. No pude resistir la tentación de prepararlo junto con unos picatostes, coger el edredón de la cama, poner la canción en la minicadena y vivir de verdad aquella pequeña ilusión de antaño, con la seguridad de que nada malo podría pasarme ese día.

Hoy, he vuelto a escuchar esa canción y no he podido evitar las lágrimas al recordar esa sensación de niña asustada que busca consuelo en una manta y un tazón de chocolate pero, esta vez, sé que el sentimiento de calidez y seguridad ya no es impostado.


martes, 5 de abril de 2016

SABOR A SUR


Jerez de la Frontera, enero 2016.


"Sabe a sur" pensé la primera vez que escuché ese delicioso Para que no se duerman mis sentidos, cuando ya pensaba que, después del magnífico Nunca el tiempo es perdido, Manolo García sería incapaz de componer nada que, como mínimo, fuese igual de bueno.

Evocaba ese sabor cuando mi relación con el sur venía por herencia familiar, por los recuerdos de la música que le gustaba a mi padre, por el vino de Montilla-Moriles que encargaba por cajas porque era su favorito, por aquel inolvidable puente del Pilar entre amistades en Sevilla, por esos paseos por las cuestas de Granada donde vivía mi hermano...

No sabía entonces que La Atunara era una playa de la provincia de Cádiz -La Línea de la Concepción para más señas-, ignoraba que Jerez de la Frontera era una cantera de increíbles poetas y no imaginaba que, cinco años después, ese sur se pegaría a mi piel como el salitre después de un día en La Caleta.

Ahora, después de haberme reconciliado con ese sur con el que me enfadé hace un par de años, vuelvo a escuchar esos aromas y sabores y los recuerdos tienen solera de vino generoso. Ya han dejado de parecerme iguales todos los mares y vuelve a emocionarme hasta las lágrimas el rasgueo de una guitarra y la imagen de una copa de oloroso. Es la añoranza de un lugar al que, de nuevo, quiero volver.